Es algo físico, invariable y universal; a todas las rajitas les pasa lo mismo: cuanto más las calientas, más grandes se hacen. A veces, incluso, se hacen tan grandes que llegan a abrirse, y entonces reclaman fervorosamente toda nuestra atención. Y, como la evolución nos ha programado genéticamente para captar casi todas las señales de alarma que emiten las rajitas antes y después de abrirse, somos capaces de regresar abruptamente del sueño más profundo a las tres y cuarto de la madrugada, alertados y alterados por un tintineo rítmico y lechoso en la habitación contigua, e incorporarnos ipso facto, dando un bote en la cama, dispuestos a hacer cuanto esté en nuestra mano para que la rajita acabe de gotear del todo y deje ya de dar por saco.
Un consejo: si queréis hacer yogurt sobre un radiador, ni se os ocurra utilizar para ello un bote de vidrio que ya tenga una rajita. Especialmente, si colocáis el radiador junto al mueble más pesado y más bajo de toda la casa. Tengo un amigo de un amigo que dice que le pasó.
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