(V) 13/5/2011. Villafranca del Bierzo - Alto do Cebreiro.
..., todo es empezar.
Originalmente, el refrán decía rascar, en lugar de querer, pero a mí me gusta más esta segunda versión. Total, el querer, como el rascar, también surge del picor. Un día, sin querer, te fijas en una sonrisa o en unos ojos luminosos que se deslizan armoniosamente entre una muchedumbre patosa y te preguntas: "Joder, ¿y a mí ahora por qué me pica?". Y te acercas y, de repente, también sin querer, empiezas a querer. Y cuanto más quieres, más pica, y cuanto más pica, más quieres.
Y, ¿cómo acaba eso? Pues, como cuando te rascas, sangrando y buscando la cura en el alcohol. Pero, el alcohol también pica, ¡y de qué manera! Y, mientras empapas la herida, piensas: "¡No me podía yo haber guardado los deditos debajo del culo, majo!" Pero, es inútil que lo pienses, porque mañana volverás a rascarte, aunque no quieras, y a querer, aunque no rasques ni una.
Con el comer, también pasa. Empiezas y cuesta parar. Y es que ¡comer es un placer tan grande!, ¿verdad...? Y si mezclas los alimentos con el cariño, ya ni te cuento. Tal vez no haya nada que pueda compararse a eso. Salvo los abrazos por la espalda, que aunque ahí nadie coma ni sea comido, nutren y alimentan el alma de ambos participantes como veintiséis raciones con doble de sandía.
A lo largo del Camino, lo cierto es que no nos podemos quejar: se come (y se bebe) de lujo en la mayoría de sitios a los que vamos a parar. Y eso que siempre tiramos de menú baratillo al mediodía y cenamos cualquier cosa: una fruta y un yogurt, por ejemplo, comprados en un súper o una tiendecilla cualquiera.
Pero, lo de hoy en el Alto do Cebreiro no tiene nombre. Ha sido increíble. La señora que nos ha atendido era bruta como un arado. Carecía del mínimo tacto, sobretodo con los extranjeros, a quienes hablaba molesta, como si acabaran de inventarse su propio idioma antes de entrar por la puerta con el único propósito de complicarle a ella la vida. Me da la impresión de que, con los años, ha ido perdiendo la paciencia, en lugar de aprender a tratarlos... Pero, ¡ah, amigo!, la comida que nos ha servido ha hecho tambalear los cimientos de mi ateísmo. Realmente, ¡existen cosas divinas! Una lechuga verde como el prado de afuera, unos tomates que olían a tomate desde la cocina, patatas de la huerta fritas en aceite limpio de oliva, un pollo de corral que no necesitaba condimento alguno, pan de centeno y un vinito joven y ácido que me ha devuelto directamente a la casa de mis abuelos. Y todo eso por 9 euros, postre incluido.
Por primera vez en todo el viaje, tengo la sensación de haber llegado ya a casa. Y eso que aún nos quedan unos ciento cincuenta kilómetros hasta Santiago.

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