sábado, 19 de enero de 2013

A los hijos hay que hacerlos con cariño...

NOTA: si leíste esta entrada antes la fecha que se indica aquí arriba, olvídalo todo; me había colado, y por mucho. ¡Ahí va la buena!

Héroe: Antonio, el projapo. Antihéroe: Las prisas.

Pito, pito, colorito, dónde vas tu tan..., ¡Venga, va, comenzamos con un tío!

Imagínate que eres un tío (un macho de tu especie, quiero decir, sin ánimo de ofender a nadie) y hoy te sientes creativo: te apetece escribir un manual de instrucciones para explicarles a tus espermatozoides cómo se construye una criatura nueva completa, de la cabeza a los pies. ¿Por dónde empiezas...? Claro, ponerse a saco es un poco bestia, porque tendrías que tener en cuenta tantas cosas que te volverías loco, y además seguro que te dejarías algo. ¿No habrá una plantilla por ahí de la que puedas copiarte?

No, una no, ¡DOS! Resulta que, en cada una de tus células, tienes dos manuales completos y diferentes sobre cómo construir un nuevo ser. Vamos, que ahora mismo podrías dedicarte a hacer copias directas de estos dos libros, distribuirlas entre tus espermatozoides y ¡listos!, ya tenemos dos posibles hijos distintos que podrías construir con ellos. Por ejemplo: si escoges las instrucciones de uno, puede que te salga una criatura tirando a rubia, más bien alta y bastante hábil con la música, mientras que si eliges las instrucciones del otro, lo mismo te sale más bajita y menos musical, pero más deportista, por decir algo.

Pero, hay un problema: ¡dónde está aquí la creatividad, chavalote! Porque salvo copiar y repartir, tú no has hecho nada que sea novedoso... Y entonces se te ocurre una solución: ¿Y si en vez de pasar las copias tal cual, las mezclo? ¿Y si recorto frases, o incluso capítulos enteros, de uno de los manuales y las intercambio con las del otro manual antes de repartir las copias?

¡Brillante! Lo único que has de tener en cuenta es que, al final, no le hayas puesto cuatro orejas a uno y se haya quedado el otro sin ninguna (bueno, eso, y que estén colocadas en su sitio). Con este truco tuyo, ahora tienes muchas más posibilidades, tantas como espermatozoides seas capaz de crear. Vaya, que te podría salir un crío musical y deportista al mismo tiempo, y eso sería la hostia, aunque también te podría salir aficionado a interpretar el sentimiento japonés mientras se toca los huevos desde el sofá, que también sería la hostia.


El caso es que ya tienes tus libros acabados y te pones a repartir como un loco esas versiones tuneadas entre tus espermatozoides. Pero, ¡atención, muy importante! ¡Sólo les vas a dar una copia a cada uno! De hecho tus espermatozoides son las únicas células de tu cuerpo que sólo tienen una copia, un único manual de instrucciones, y no dos. Y, seguramente por eso, están cabreadísimos contigo y no piensan en otra cosa más que en largarse, dejarte ahí tirado e irse a vivir la vida por su cuenta. Es lo que tienen los agravios comparativos.

¡Muy bien! Vamos a revisar cómo te han quedado esos manuales: seleccionemos un espermatozoide al azar, por ejemplo, uno de niña (de los que van marcados con una X). Abrimos el capítulo que has dedicado a cómo funciona la visión y leemos lo siguiente: "Para que la chiquilla pueda distinguir bien los colores, le vas a poner en cada ojo 2 millones de conos de los que se activan con la luz roja, 2 millones de los que se activan con la verde y 2 millones más de los que van con la azul, y se los vas a concentrar bien mezcladitos en la zona de máximo enfoque de la retina." ¡Joder, qué nivel de detalle!, ¿no? ¡Realmente has pensado en todo...!

¿En todo? Me temo que no. Se te ha pasado por alto darle a ese espermatozoide las instrucciones para que la criatura pueda protegerse de los rayos del sol. Vamos, que te has olvidado de explicarle cómo tendrá que hacer la niña para producir una sustancia llamada melanina, y si ahora sigue las instrucciones de tu manual, ¡esa criatura saldrá albina! Es más, ni siquiera habrá servido de mucho que te hayas currado tanto lo del ojo, porque esa falta de melanina también le va a afectar a la visión... Efectivamente, siento decirte que la has cagado.


Vale, lo siento, no quería ser tan duro. Perdóname... La verdad es que no deberías sentirte culpable, porque ese fallo no es culpa tuya. Tu olvido se debe a que, en realidad, esa instrucción ya faltaba en alguna de las dos plantillas que has utilizado para escribir tus libros. Vamos, que se conoce que a tu padre también se le olvidó explicarte a ti cómo producir la melanina (o por lo menos, eso me ha dicho tu madre, para que no sospeche de ella). ¡Entonces, es culpa de mi padre!, estarás pensando. Por supuesto que no, ¿no ves que a él también le pasó lo mismo?, y tampoco es culpa de tu abuelo, ni de tu abuela. En realidad no es culpa de nadie. Lo que pasa es que, de vez en cuando, por las prisas, porque la tele está muy alta, porque se acaba la tinta de la impresora o por lo que sea, alguna copia del manual sale con fallos y, como nadie los corrige, se sigue copiando mal en adelante, de generación en generación.

Un momento, dirás, ¡pero yo no soy albino! Y tienes razón, aunque es probable que algún antepasado tuyo lo fuera (el del dibujo no, que ese apenas tiene parentesco contigo, aunque nadie lo diría). ¿Y por qué tú no lo eres si en tu manual no dice nada de cómo fabricar melanina? Pues, porque eso no es cierto, que por algo tus células tienen dos manuales, y no uno. Y resulta que en el manual de tu madre sí venía con todo lujo de detalles cómo fabricarla. Es lo mismo que la va a pasar ahora con tu niña, ya verás... Te lo cuento en la próxima entrada.


2 comentarios:

  1. pero josé luis, cuándo se te ocurrió que el tío del fumí kunó kenayoí merecía el rato que has pasado dibujándole? y cuántas veces has visto el video? estoy muy preocupada por las copias (por ambas!) que ahora mismo estás distribuyendo a tus topillos. la verdad es que la combinación tuya salió hasta curiosona, pero cualquier letrita que muevas de ahí puede resultar en una bomba de relojeríaaaaa.

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  2. A veces es difícil saber quién le toma el pelo a quién. Aunque en este caso, yo creo que el chaval era honesto y pensó que realmente aportaría algo distinto al programa. "¿Antonio? ¡Sí, hombre, claro! ¡Es el chaval este que canta en japonés!"

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