Héroe 1: El óvulo. Héroe 2: Gregor Mendel.
Como te contaba, ahí tienes a ese espermatozoide preparado para construir a tu hijita, con su manual de instrucciones defectuoso bien aprendido, nadando como puede entre tantos millones de compañeros y dirigiéndose hacia el gigantesco óvulo de una hembra receptiva. Y aquello que a tontas y a locas, contra todo pronóstico, ¡zasca!, ¡va y lo fecunda! Pierde el flagelo, prácticamente se desintegra y sólo deja en el interior del óvulo su preciado librito. ¿Saldrá la niña albina?
Pues no lo sabemos, porque el óvulo también tiene su propio manual que dice cómo construir una criaturita nueva y, lo más probable es que no se haya equivocado al explicar cómo hay que hacer para producir la melanina. Ten en cuenta que al óvulo le pasa como al espermatozoide, que sólo tiene una copia, un único libro de instrucciones. Es lógico, porque si tanto el espermatozoide como el óvulo tuvieran dos manuales cada uno (como el resto de las células del cuerpo), ahora se juntarían con cuatro, y si ya cuesta ponerse de acuerdo entre dos, ¡imagínate tú con cuatro instrucciones distintas...! Por cierto, que la utilidad del asunto no quita que el óvulo también se sienta discriminado, y por eso también se larga del cuerpo de la hembra en cuanto puede, aunque lo hace de un modo..., digamos que distinto al del espermatozoide, a su ritmo, periódicamente, y liándola bien parda, si puede ser (todo hay que decirlo). Sí, es claramente otro rollo.
El caso es que en el óvulo que ahora nos ocupa, ¡las instrucciones están completas! ¡¡Bieeeenn...!! Vale, pero, ¿qué hacemos, ahora? ¿Le hacemos caso al óvulo o al espermatozoide? ¿Podemos negociarlo o cómo va la cosa?
Para solucionar el conflicto, afortunadamente existe todo un protocolo de actuación que permite decidir qué hacer con ambas informaciones, una especie de reglas del juego que no se sabe muy bien dónde están escritas, pero que sin ellas sería un follón impresionante llegar a tomar alguna decisión. Y para la melanina en concreto, la regla dice así: "En caso de que no coincidan las dos informaciones acerca de cómo hay que producir la melanina, le vamos a hacer caso sólo al libro que traiga las instrucciones correctas". Vamos, que esa niña va a ver perfectamente todos los colores y va a poder protegerse de los rayos del sol. Le ha pasado lo mismo que te pasó a ti, que la copia del otro manual os ha salvado.
¿Esto es así siempre? No. A veces la copia chunga es la que manda, a veces hay que negociar y a veces sale algo distinto de todo lo que podríamos esperar, pero en el caso del albinismo, es así como funciona la regla. ¿Y ya está? ¿Podemos quedarnos tranquilos? Me temo que no. Porque cuando esa niña empiece a desarrollar óvulos en su interior (¡siendo todavía un embrión, no te lo pierdas!) para poder tener su propia descendencia en el futuro, sólo la mitad de sus óvulos contendrán una copia correcta de las instrucciones para fabricar melanina, y la otra mitad no. Y eso significa que, aunque ella vea bien y pueda ponerse morena, puede que a sus futuras criaturitas no les pase lo mismo, en caso de que tengan la mala suerte de encontrarse con otro manual (el de un espermatozoide) que contenga el mismo fallo.
Por eso digo siempre que a los niños hay que hacerlos con cariño y esmero. Y a las niñas también, por supuesto. Pero, si te salen albinos, ¡hay que quererlos igual, eh! Y si no, mira a Copito, lo que le quisimos todos, a pesar de su mala leche (nunca mejor dicho).
Por cierto, que las reglas generales de cómo funciona el protocolo del que hablábamos, las descubrió un monje austriaco llamado Gregor Mendel, gracias a una paciencia de santo y a una capacidad sin parangón para alimentarse de guisantes durante meses. Y nadie le reconoció su trabajo hasta que el pobre ya la había palmado, muchos años después. Que se sepa, la muerte no fue por empacho.

No hay comentarios:
Publicar un comentario