(S) 14/5/2011. Alto do Cebreiro - Triacastela.
Esta mañana mi tobillo izquierdo ha amanecido aún peor de lo que estaba ayer por la noche. Ni el descanso, ni las vendas, ni el jolodrón, ni la pomada curalotodo, ni el bálsamo de tigre ese que lleva todo el mundo han servido de nada. Ahora me duele incluso sin mover el pie. Ni siquiera puedo atar la bota hasta arriba porque el tobillo ocupa ya aproximadamente el doble que su homólogo de la otra pierna. Y lo peor es que, de llevar tanto tiempo desplazando el peso hacia esta otra pierna (al menos desde Astorga), este otro tobillo también se me está inflamando, y hace ya un par de días que llevo los dos vendados para poder caminar.
Salimos siempre muy temprano para evitar el calor, y eso me ayuda bastante a terminar las etapas. El paisaje de hoy (y a esta hora) es absolutamente espectacular. El sol comienza a dorar una alfombra interminable de prados verdísimos salpicados de amarillos, azules, blancos y violetas, difuminados a tramos por una neblina providencial que lo riega todo, y rebordeados por un pespunte de castaños y carvallos centenarios, si no en edad, al menos en diámetro. És la Galicia más auténtica, más inxebre (como dicen aquí) que he conocido.
Pero yo apenas puedo disfrutarla... Cada diez pasos tengo que pararme y apoyar ambas manos sobre la vara que compré en Foncebadón, para balancearme sobre el pie más dañado y tratar así de aliviar la articulación. Me he aflojado y apretado la venda cuatro o cinco veces, y no cambia nada. Todos los extranjeros con los que hemos ido coincidiendo estos días, con los que aún no recuerdo haber cruzado más saludo que el clásico "¡Buen camino!", hoy me están conociendo. Pasan por mi lado y me dicen algo en francés, en alemán, en ruso y en véte a saber qué otros idiomas. Todos logran hacerse entender sin que yo comprenda ni una sola palabra. Está clarísimo que la empatía es tan universal como la música.
Por delante nos quedan aún más de catorce kilómetros para llegar a Triacastela, y mi padre no deja de decirme que así no puedo seguir, que no pasa nada si no llegamos, que total nadie nos espera en Santiago, que seguro que hay un coche de línea que nos puede devolver a León, y que allí podemos coger el tren de vuelta a casa. El pie me duele tanto que tengo ganas de llorar, y aunque sé que mi padre lo dice para quitarme presión, sólo me falta que me convenza de que he llegado al límite de mis fuerzas. Al final, de mala manera le acabo contestando que ya veremos, que pensar en todo eso no me ayuda y que ahora no nos queda más remedio que llegar a Triacastela, aunque sea arrastras, porque es que antes no hay nada más que monte y prados. Como es un bendito, se lo toma de la mejor manera posible, me va esperando por el camino y de vez en cuando me habla de cualquier cosa... Ahora sí me ayuda.
"Piano, piano andiamo lontano" ["Despacio, despacio llegamos lejos"], me anima un italiano. Y lleva razón. Entre la una y las dos llegamos al albergue da Xunta de Triacastela. Después de ducharme no me encuentro ya tan mal, pero no tengo la impresión de que mañana pueda caminar. Me siento en un banco, a la entrada del albergue, y me pongo a hablar con un chaval muy simpático que conocimos ayer, cuyo nombre aún no sé. Al poco, aparece su compañera de viaje, saluda y se sienta a su lado. Él sigue hablando y ella no deja de mirarme el pie. No lo mira, lo escanea, como un dibujante. ¡Joder, qué chungo tiene que estar para que le llame tanto la atención a la pobre chica!, pienso yo. Él debe de haber percibido mi preocupación porque, sin que yo le diga nada, interrumpe la conversación para advertirme: "Es que Susana es enfermera".
Su diagnóstico es clarísimo: no he hecho ni una sola cosa bien. "Olvídate de la pomada; ponte hielo, o mete el pie en el río, lo que quieras, pero baja esa inflamación con frío. Cámbiate la venda, que esa te está dando alergia, y mucha, por cierto. Y mañana por la mañana te vendas hasta debajo de la rodilla, si no, no sirve de nada".
Hielo no había. A ver si esto sirve...

Guisantes finos?
ResponderEliminarComo el refrán!
Guisante fino a guisante fino...se hace el camino.
Al andar se hace camino
ResponderEliminary al volver la vista atrás
se ve el guisante que nunca
has de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sin guisantes en el súper.
(Antonio Machacado)